El pasado 30 de octubre nos dispusimos a atrasar una hora nuestros relojes y nos despedimos del horario de verano. En cumplimiento con la Directiva Comunitaria que rige el cambio de hora en todos los países miembros de la UE, España entró en el horario de invierno, pasando de las 03.00 a las 02.00. Una tradición que comenzó a generalizarse a partir de 1974, coincidiendo con la primera crisis del petróleo, y cuyo objetivo no era otro que aprovechar mejor la luz del sol y consumir menos electricidad. Pero en los últimos días dicha costumbre ha estado rodeada de polémica. Las comunidades autónomas de Baleares y la Comunidad Valenciana han instado al Gobierno central a mantener el horario de verano, alegando beneficios sociales y económicos. Y ante esta situación cabe hacernos una pregunta: ¿existe realmente un ahorro energético con el cambio de hora?

Algunos expertos en la materia explican que el ahorro energético derivado del cambio horario es irrelevante comparado con los trastornos que puede ocasionar a diversos sectores de la población. Con respecto a la iluminación en las calles afirman que la cantidad de electricidad que se ahorra por la mañana se gasta durante la tarde. Pues al anochecer más temprano, los municipios se ven obligados a encender antes las luces. Lo mismo ocurre con la iluminación doméstica. Los detractores de esta medida aseguran también que la mejor forma de alcanzar el ahorro energético es promover sistemas eficientes de iluminación. Útil o no, lo cierto es que cuesta mucho encontrar datos fiables que cuantifiquen el supuesto ahorro de energía.

Según datos del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), el cambio de hora nos ayuda a ahorrar un 5%, equivalente a 300 millones, de los que 90 millones corresponderían al consumo doméstico (unos 6 € por hogar) y el resto a la industria o a la iluminación de edificios de servicios. Si tenemos en cuenta la irrupción en los últimos tiempos de sistemas eficientes, cuyo cometido es reducir el consumo eléctrico (tecnología LED y bombillas de bajo consumo), quizás sea el momento de revisar esta costumbre simbólica que los gobiernos se niegan a dejar atrás.